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Algunas consideraciones sobre el dopaje

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El recurso a medicamentos para aumentar el rendimiento deportivo es tan antiguo como la propia historia del deporte (Cortés Elvira, 1989; Rodríguez Bueno, 1991). No obstante, en los últimos 50 años ha alcanzado límites insospechados, recurriendo a medicamentos y métodos de dopaje cada vez más sofisticados (González Iturri, 1995; Rodríguez Bueno, 1991). Esta práctica ha condicionado la creación de laboratorios acreditados por el Comité Olímpico Internacional (COI) en buena parte de los países miembros. Corresponde a ellos el análisis de sustancias tipificadas como dopantes, que se distribuyen en varios grupos farmacológicos

La evidencia de que la incidencia de positivos es inferior en competiciones olímpicas que en las no olímpicas, demuestra que los deportistas llegan "limpios" a las competiciones olímpicas, pero no excluye el concurso de agentes dopantes en otras pruebas o en fases preparatorias. Esto ha aconsejado la práctica de controles antidopaje no sólo en pruebas nacionales sino también en períodos fuera de competición. Una lectura añadida de éste hecho nos lleva a la evidencia de la "especialización" del prescriptor del agente dopante, que necesita conocer detalladamente el comportamiento del fármaco utilizado. Así, no es mera anécdota que el grupo farmacológico más detectado sea el de los anabolizantes de estructura esteroidea, pues es posible beneficiarse de sus efectos semanas después de suspender su administración y alcanzar concentraciones fisiológicas (Wilson, 1991; Nieschlag y Behre, 1990). Esto justifica inequívocamente el control antidopaje en los periodos precompetitivos.

Junto a la evidencia anterior existe otra que permite explicar las diferencias cuantitativas entre los diferentes laboratorios nacionales. Nos referimos a la especialización de los agentes dopantes en modalidades deportivas, por ejemplo: anabolizantes esteroideos en halterofilia, ansiolíticos en tiro, EPO en ciclismo, etc. No tiene, por tanto, nada de particular que los laboratorios acreditados del COI encontraran que el 57% de los controles positivos de 1992 fueran anabolizantes de estructura esteroidea y un 22% estimulantes mientras que en los controles positivos del laboratorio italiano acreditado por el COI, referidos al mismo año, el 54% fueran estimulantes y el 32% anabolizantes (Benzi, 1994). Parece, pues, obvio que el predominio de determinados deportes contribuye decisivamente al perfil de detección en cada país.

Por otra parte, no debe olvidarse la toxicidad, tanto aguda como crónica, de los agentes dopantes (Lucas, 1993; Rockhold, 1993; Wagner, 1989; Wadler, 1994), riesgos que, aunque individualmente sean aceptados por algunos deportistas en razón de previsibles éxitos, biológicamente son injustificables. Por otra parte, "debe admitirse que el consumo de drogas estimulantes y medicaciones experimentales va por delante de los controles antidopaje y la deducción forzosa es hablar de cobayismo humano. Incluso el nivel de entrenamiento, sus métodos e intensidades, que fabrican fisiológicamente al deportista de élite, no soportarían una valoración ética. Aumento explosivo de los niveles hormonales en sangre, incluyendo gestaciones artificiales pre-competición, cambios de sexo o retrasos de pubertad no descartan el abrir campo a una manipulación genética que origine embriones diseñados para ser los futuros indivíduos-récord" (González Landete, 1996). Esto es, sin duda, el resultado de una concepción interesada del deporte lejos tanto del "espíritu olímpico" como de la propia salud deportiva de la sociedad, que lleva a convertir a los deportistas en "banderas" de regímenes políticos concretos (ver Rivaya García, 1995).

Pero no siempre el positivo en un control antidopaje es fruto del intento de conseguir un rendimiento suplementario. No es infrecuente que lo sea por la negligencia del deportista al automedicarse o por la "distracción" del prescriptor. A modo de ejemplo transcribimos de González Iturri (1995) el siguiente párrafo: "Un obrero con una bronquitis seguramente tendrá una baja laboral y un deportista si es profesional, ¿no es un obrero por cuenta ajena?. Hay medicamentos no dopantes para todo. Así, se puede disponer de una lista para un banal resfriado de 75 productos autorizados y 21 productos prohibidos, siendo posible curar un resfriado sin tener que acceder a la lista de lo prohibido".

Imputar intencionalidad dopante al médico deportivo es, como mínimo, ingrato. Su responsabilidad, como médico de deportistas, es la prescripción desde el sereno conocimiento de la composición exacta de lo que prescribe, obviando medicamentos que puedan incluir agentes dopantes en su composición.

 

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